Grandes humanos

“Me queda el consuelo de decir que todavía estoy vivo”

capturaNo es la primera vez que me encuentro con él. La última fue hace ya un tiempo, poco menos de un año, indignado por cómo Esperanza Aguirre creía que las personas sin hogar afeaban la ciudad por la que se presentaba a la alcaldía, Madrid. Con otro nivel de indignación, él se lamentaba de que la gente fuese tan egoísta como para pensar que alguien sin recursos es algo feo para la ciudad, en lugar de pensar en qué hacer para mejorar su situación.

Para mí lo sorprendente era pensar que mucha gente apoyase esta idea de la antigua líder del Partido Popular en Madrid, demostrando que existe un mundo de pocas necesidades. Un mundo en que la gente piensa que tener el último modelo de su diseñador favorito, para compartirlo en sus redes sociales con un selfie tomado por su móvil de última generación.  Un mundo donde no existen problemas que no puedan solucionarse con pequeños esfuerzos.

Con la conciencia dando vueltas, y recordando nuestro primer encuentro, volví al sitio donde nos encontrábamos hace un año. Y ahí estaba Adrián, sentado junto a su perra Nala frente a un céntrico establecimiento comercial de Zaragoza. Y, como hace un año, estaba dispuesto a darme una lección de vida.

-¿Hace cuánto que estás en la calle?

-Llevo prácticamente 5 años en la calle. Bueno, 5 años haciendo esto: ayudando a mi familia.  Porque toda mi familia está jodida. Mi madre está intentando como puede cobrar el paro, pero tampoco le dejan. Y, bueno, yo llevo 5 años buscando trabajo y no estoy encontrando nada.  A mí, mi padre me echó con 17 años a la calle. Cada día me veo peor porque es que, a mí mi padre me abandonó cuando se casó con otra mujer y a mi pues me mandó a la mierda. Llevo así ya cinco años y a veces siento que no puedo más.

-¿Cómo han sido estos cinco años?

-Jodidos. Los he pasado muy mal, porque realmente me he visto sin nada más que la calle, durmiendo en ella más de dos años. Y, claro, ahora tengo suerte de que hace poco encontré a mi madre y, bueno, estamos jodidos igualmente, pero no estoy solo. Me queda el consuelo de decir que todavía estoy vivo.

Soy de Zaragoza y sé que ahora la cosa está jodida, y conozco más gente que ahora está mal, y yo, aunque he intentado hablar muchas veces con mi padre pensando que algo se podría solucionar, él ha elegido que quiere una vida sin mí. La última vez que lo conseguí dije que sería la última, porque vi que no quería saber nada de mí.

Ahora solo pienso en ayudar a mi madre. Nunca podría entender a mi padre. Él era una persona de esas que solo piensa en las mujeres, y que a su familia no le presta atención.

-Me sorprende de ti que, frente a la dureza de lo que cuentas, irradias fuerza e ilusión.

-Yo siempre he tenido esa fuerza, solo que hay días que la pierdo. Hay días que estoy contento de estar vivo, de no haberme metido en otros problemas que podrían haber sido peores, pero es duro. Cuando estás durmiendo tú solo en un cajero y no tienes ni a tu madre ni a ningún familiar cerca es muy duro. Imagínate estar así dos años. Yo he estado semanas enteras sin hablar con ella, además de años sin verla.

-¿Cómo conseguiste volver a hablar con ella?

-Ella una vez llamó al albergue municipal de Zaragoza, y justamente yo estaba comiendo allí. Los policías se acercaron y vinieron a contarme que mi madre había llamado y que iba a venir a Zaragoza a ayudarme. Ella también estaba con problemas. Por culpa de mi padre sufrió alcoholismo y otras cosas, de las que se tuvo que recuperar en un sitio de Pamplona. Allí estuvo durante casi 3 años en los que no me ha podido ver. La pobre, cuando podía, me intentaba enviar algo de dinero, no mucho, claro, porque ella estaba en ese centro. Ella estaba en Traperos de Emaús y, gracias a eso, tenía una especie de trabajo, un sitio donde vivir y un pequeño sueldo, pero a mí no me dejaban estar con ella, porque estaba muy lleno de gente.

Le ha ocurrido parecido aquí en Zaragoza. La cantidad de gente que accede a los recursos que se les ofrecen es escasa para la cantidad de gente que recurre a ellos. De algunos como el Albergue Municipal recuerda amargas experiencias, tanto por el tipo de gente que se ha encontrado como por el trato que ha recibido. Guarda mejores recuerdos de El Refugio. “No sé si por ser un sitio de monjas, pero la vigilancia y la actitud de las personas es más cercana, y quienes están allí en una mala situación no tienen la misma mala actitud que en el Albergue”.

-¿Eres creyente?

-A medias, jaja. A veces sí y a veces no. Yo no creo en Dios ni en Jesús, no les he visto. Llevo un rosario colgado del cuello, pero porque me lo regaló mi abuelo, que en paz descanse. Confío poco en que existan. A veces he pensado que Jesús es la gente; que esa gente que viene y te ayuda es Jesús. Por eso pienso que la gente que es creyente no cree en Jesús como tal, sino en que dentro de ellos hay algo, un buen ser, al que ellos llaman Jesús, y que hace que gente como nosotros tengamos día a día para comer.

-Y tú que estás en un sitio tan transitado, ¿ves muchos “jesuses” a lo largo del día?

-Bueno, a veces. “Jesuses” no hay muchos, suele ser lo malo. Pero sí, a veces vienen personas a las que se lo agradezco mucho. Y, por lo que he visto, hay personas de todo tipo, pero digamos que hay un mitad y mitad.

-¿Sigues buscando trabajo?

-Sí, yo no dejo de intentarlo. Por las mañanas sigo yendo por polígonos y otros sitios buscando trabajo, pero, claro, yo ahora mismo estoy en una situación que me jode porque si les digo una mentira no estoy siendo sincero. Yo en una entrevista de trabajo les digo lo que he estudiado, que es carpintería, pero no puedo ocultar los problemas que tengo ahora ni mi minusvalía. Y me condicionan mucho.

Bipolaridad y esquizofrenia son sus mayores condicionantes físicos. Ambas, hacen que su discapacidad reconocida ascienda al 39%. Para paliar ambas enfermedades, recibe medicamentos de forma gratuita desde hace un año. Antes debía abonarlos y, aunque tomarlos es una tarea diaria y obligatoria, Adrián cambiaba los 4 o 5 euros por algo que llevarse al estómago.

_DSC0624.JPGAdrián en el centro de Zaragoza. Rubén Sanz

-¿Qué piensas estando aquí sentado al ver entrar y salir a gente que gasta sin límite?

-Sinceramente, sin rodeos, me da un poco de vergüenza, porque si yo soy un ciudadano y tengo dinero no me lo gasto en tonterías, sino que ayudo a otro ciudadano. Hay cosas que no se utilizan, o que son prescindibles. Hay cremas que cuestan veinte euros que darían de comer a personas como yo. A mí, mi abuelo me enseñó desde pequeño que lo importante no es lo material, sino que lo que importa es tu vida y cómo te relaciones con los demás.

Hay gente ahora que es muy egoísta. Veo a mucha gente que es muy buena, pero también hay mucho egoísmo y mucho gasto absurdo. Esas personas no se dan cuenta de que yo no les voy a pedir ni a quitar de su dinero, que yo me conformo con algo de comer, que es lo que me hace falta.

Muchas personas me miran como si tuviese que avergonzarme, como si hubiese hecho algo malo, pero en realidad creo que incluso estoy haciendo algo bueno, porque pienso que peor es robar, matar por dinero…que pedir en la calle la ayuda de otras personas. Mi abuelo me decía siempre que los ladrones surgen de una falta de ayuda, y roban aquello que no consiguen con la ayuda de la gente. Conocí a un chico en la calle que acabó robando en supermercados lo que no podía comer al final del día.

Con los refugiados está pasando igual. Si nadie les ayuda, van a acabar con malas conductas. Si en estos cinco años nadie me hubiese ayudado, ¿qué tendría que hacer para comer? Quizás estaría robando yo también.

Interrumpen nuestro encuentro varias personas que quieren ayudarle. Algunas dejan su pequeña contribución y siguen con su camino. Otras juguetean con Nala, su acompañante desde que se quedó en la calle. Ella también sabe lo que es sufrir. Cuando Adrián la encontró era un cachorro metido en una caja y abandonado junto a una carretera. Desde ese día, se han hecho mutua compañía y han sido la familia que el otro no tenía. En ocasiones, dice Adrián, ella es la verdadera protagonista. “Muchas veces hay personas que vienen a ayudarme y le dan comida a ella; incluso le dan comida más veces que a mí”, dice mientras sonríe.

_DSC0623.JPGNala, la perra abandonada que Adrián rescató. Rubén Sanz

-¿Qué sientes cuando los políticos dicen que hay “brotes verdes”?

-Que es todo una mentira. Una muy grande. Yo no estoy viendo ningún progreso, ni siquiera veo cambio en los que decían que iban a cambiar nuestra situación. Estoy seguro de que, aunque ya han tenido oportunidad, ningún político, ni Pablo Iglesias, ha propuesto una ayuda para gente como yo a Mariano Rajoy. Los políticos son muy ladrones. Yo, si fuese presidente, daría trabajo a todo el mundo, y no me preocuparía de crecer. Un alcalde tiene que ser capaz de dar más recursos a gente como nosotros. Sé que hay viviendas protegidas, pero no para quienes más las necesitamos. Alguien que maneja millones podría pensar un poco en aquellos que no tenemos nada. Yo construiría un edificio que sirviese de empresa y vivienda para quienes no tienen otra oportunidad. Si alguien hace las cosas bien debe ser recompensada. Pero ahora los empresarios son egoístas, y quieren ganar lo máximo posible.

-¿Con qué soñabas cuando eras pequeño?

-Me habría gustado tener un coche. Me encantaban los coches y las motos. Me habría encantado ser mecánico o taxista, y haber tenido un sueldo a final de mes.

-Y ahora, ¿con qué sueñas?

-Ahora sueño con encontrar un trabajo, de lo que sea. Y ya, que venga lo que tenga que venir. El día que encuentre un trabajo en el que me paguen por lo que hago, estaré contento.

La noche anterior a nuestro encuentro, Adrián había conseguido dormir bajo techo. Un viejo conocido le abrió sus puertas para que no tuviese que dormir en la calle, aunque su cama habitual se encuentre junto a un cajero automático. Hoy volverá al cajero si nadie le abre sus puertas y mañana, al despertar, volverá perseguir su sueño de encontrar trabajo como cada día desde hace cinco años.



El último recuento de Cruz Roja Zaragoza, constata que son 139 las personas que, como Adrián,duermen en la calle. Además, si se tuviesen en cuenta las personas que duermen en alguno de los servicios de acogida, la cifra llegaría a los 342.

Desde que comenzó la crisis, el perfil de estas personas ha cambiado y mucho. El dato que se mantiene es el género, con una mayoría de hombres (cerca del 90%), aunque ha aumentado el número de mujeres (pasado de un 4 a un 11% en 2013).

“El 51 % llevan más de tres años en la calle y, por término medio, dicen haber estado en esta situación 4,5 años. Más del 80 % son parados de larga duración y sólo un 18 % dicen llevar desempleados menos de un año. Respecto a los motivos que les llevan a encontrarse sin techo, un 70% alude a la falta de trabajo.” (Heraldo de Aragón, 16/12/2013)



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